Madame de Châtelet, Marianne Loir. Museo de Bellas Artes de Burdeos

Madame de Châtelet, Marianne Loir. Museo de Bellas Artes de Burdeos (foto: autora)

En el Museo de Bellas Artes de Burdeos, se encuentra un bello retrato, realizado por la pintora Marianne Loir, en el que vemos a una mujer, de rostro amable y mirada inteligente, ataviada con un hermoso vestido de satén azul. Aparentemente, nada la diferencia de cualquier otra dama del s. XVIII, esa época también conocida como Ilustración o Siglo de las Luces. Pero, si nos fijamos con más atención, veremos tras ella una esfera armilar, así como un compás en su mano, objetos poco habituales en los retratos de su época. Y es que se trata de Gabrielle-Émilie Le Tonnelier de Breteuil (1706-1749), una de las mentes científicas más sobresalientes de su época.

Madame de Châtelet, científica y filósofa

Más conocida como Madame de Châtelet, a partir del título nobiliario del que fue su marido, vivió en la Francia ilustrada, un periodo de ciertas contradicciones para las mujeres intelectuales. El siglo del Arte y de las Ciencias, que vio nacer obras tan referenciales como la famosa Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, que contó con mentes privilegiadas como las de los franceses Montesquieu, Voltaire o Jean-Jacques Rousseau y los británicos Hume, Locke y Hobbes, desembocó en la Revolución Francesa de 1789 que promulgaba los valores de Libertad, Fraternidad e Igualdad. Sin embargo, esta última premisa no se aplicaba a las mujeres.

La Ilustración

En la Ilustración se defendía la educación de las damas de la nobleza pero en destrezas como la música o el bordado, tal vez incluso en una mínima erudición para mantener una conversación, pero no desde luego en disciplinas como la filosofía o la ciencia, cuyo acceso les estaba vetado. Siguiendo la tradición ya iniciada en el Renacimiento con El cortesano de Baltasar de Castiglione, estas mujeres debían ser un bello ornato en los salones ilustrados. El mismo Rousseau, adalid de las ideas ilustradas, defensor de la bonhomía del hombre por naturaleza, defendía en Emilio o La Educación, que esta no estuviera al alcance de las mujeres, por lo menos al igual que los hombres. Las consideraba absolutamente incapaces de cultivar las ciencias o desarrollar el talento de la creación artística.

Una mujer de vanguardia

Madame de Châtelet

Madame de Châtelet (foto: Wikimedia Commons)

Afortunadamente, Châtelet escapó de estas rígidas restricciones y fue educada desde niña en las mismas materias que sus dos hermanos varones. Recibió una formación artística y “femenina”, pero también física (hípica y esgrima) y científica. Tuvo entre sus maestros a Maupertuis (que después viajaría al polo norte demostrando que la tierra era una esfera achatada por los polos, tal y como proponía Newton y no con forma alargada como defendía Descartes), al astrónomo Courtoil y a Koenig. Con todos ellos y otros científicos de la época mantuvo correspondencia a lo largo de su vida. Estudió a Descartes en profundidad y se interesó especialmente por las teorías de Locke sobre la educación.

Como era común en la época, Madame de Châtelet y su esposo el marqués, bastante mayor que ella y con el que tuvo tres hijos, mantuvieron una relación abierta. En 1735, se instaló con Voltaire en el Castillo de Cirey, en Lorena, donde iniciaron una relación que, como amistad después, perduró hasta el final de sus vidas. Instalando un laboratorio y respaldados por una biblioteca que pudo llegar a atesorar 20.000 volúmenes, realizaron una excepcional labor científica. En 1738, se presentaron a un concurso convocado por la Academia de las Ciencias, sobre las propiedades del fuego. Llegando a conclusiones distintas, Châtelet y Voltaire presentaron sus trabajos por separado. El concurso lo ganó Euler, pero Châtelet quedó en segundo lugar y Voltaire en tercero. Los tres trabajos fueron publicados, siendo la primera obra escrita por una mujer que publicó la Academia.

La Institución de la Física

Institutitions de Physique. Madame de Châtelet

Institutitions de Physique (foto: State Library Victoria)

En 1740, vio la luz su obra magna La Institución de la Física, que redactó pensando en hacer inteligible para su hijo esta ardua disciplina. A menudo se dice que Châtelet fue más científica que filósofa, pero ¿acaso no lo fueron también los racionalistas Descartes y Leibniz? Precisamente, las ideas de ambos -incluidas las de carácter filosófico- fueron recogidas en este libro, que incluye la noción de “fuerza viva” (“vis viva”) desarrollada por el alemán. Es, sin embargo, la figura de Newton la más presente en el tratado, irrumpiendo en una Francia plenamente cartesiana.

La admiración por Newton

De Newton precisamente tradujo del latín al francés sus Principia. Obra compleja con innumerables demostraciones geométricas, fue enriquecida por Châtelet que introdujo numerosas acotaciones para entender mejor su contenido. Fue, por tanto, la responsable de dar a conocer a Newton en la Europa continental aportando lo que ha sido, hasta bien avanzado el siglo XX, la única traducción francesa.

Cómo ser felices

Su obra más filosófica fue un delicioso opúsculo titulado Discurso sobre la felicidad. Sin saber exactamente por qué o para quién fue escrito, fue publicado óstumamente, más de veinte años después de su muerte prematura. Quedó embarazada de Saint-Lambert y siendo consciente del peligro de dar a luz con más de cuarenta años, trabajó con ahínco para terminar, in extremis, la traducción de Newton. Murió a los pocos días del parto de fiebre puerpueral.

El tratado comienza con algunos breves consejos: conviene planificar nuestra vida y no contar con grandes expectativas, para evitar las decepciones. La obra es válida para aquellas personas de su misma clase social, no por una concepción elitista, sino realista, consciente de que las clases sociales no adineradas tienen otro tipo de preocupaciones.

Hay que deshacerse de los prejuicios, sobre todo de los religiosos. Practicante de un deísmo ilustrado, fue crítica con la Biblia y con algunas de sus falsedades científicas (como en un pasaje en el que Josué para el sol, en un claro ejemplo de geocentrismo). Es también fundamental gozar de buena salud, controlando los placeres que, como la gula, puede perjudicarla.

Pero, sobre todo, la felicidad se basa en dos cuestiones: la ilusión y el deseo. Ilusión como la que sentimos ante una obra de teatro -que tanto criticó Rousseau- o ante un ingenio óptico. Y el deseo y la pasión, sin llegar al exceso, a través de su máxima expresión: el amor.

No se la suele considerar precursora del feminismo, como claramente lo fueron Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft. Sin embargo, afirmó que no veía desigualdad biológica alguna entre hombres y mujeres. Y que, por tanto, si estas no habían realizado grandes creaciones, era, exclusivamente, por falta de educación, educación que reivindicó como necesaria y más importante para las mujeres, privadas del acceso a la esfera pública, prerrogativa exclusiva de los hombres.

(Este texto fue respuesta de María José Noain Maura al examen de la UNED de la asignatura “Filosofía de la Edad Moderna”)