246. La Venus del Espejo y el cambio climático
La Venus del Espejo y el cambio climático

La Venus del espejo, Diego Velázquez. Foto: National Gallery
«He atentado contra la mujer más bella de la Historia del Arte para defender a la mujer más bella de nuestro tiempo«. Palabras similares fueron las que pronunció Mary Richardson cuando fue detenida por la policía londinense tras asestar siete cuchilladas al lienzo de «La Venus del espejo» de Velázquez que en aquel momento no contaba con cristal protector y que, afortunadamente, pudo ser restaurado.

El lienzo con las cuchilladas de Mary Richardson
Más allá de la condena a cualquier acción contra el patrimonio, el acto de Richardson se justificaba como protesta ante la erotización del cuerpo femenino en el arte en un momento en el que las sufragistas reivindicaban un derecho tan elemental como el del voto femenino. De la misma manera que la campaña que las Guerrilla Girls realizaron en los 80 denunciaba la ausencia de mujeres artistas en el Metropolitan Museum de Nueva York, el ataque de Richardson, imperdonable desde mi punto de vista, tenía, al menos, una lógica ideológica.
Los atentados al arte
No veo, sin embargo, tales razonamientos en los golpes de martillo asestados en 2022 por los activistas de Just Stop Oil como tampoco los veo en las acciones del Prado, del Quai d’Orsay o de la sopa de tomate arrojada a Van Gogh (¿un peculiar homenaje a las sopas Campbell’s de Warhol?). Que frenar el cambio climático es una urgente prioridad y que la trascendencia mediática de un cuadro de Velázquez son dos realidades evidentes no hace que este binomio tenga ningún sentido.
¿Son los museos un lugar apto para abordar retos sociales actuales? Rotundamente sí. ¿Son los responsables de los peligros medioambientales generados por el consumo de combustibles fósiles? Evidentemente no. Podemos demandarles responsabilidad en su gestión energética, pero convertirlos en foco de este tipo de protestas que, en realidad, tendrían que tener lugar ante las sedes de las grandes petroleras, es un fatuo ejercicio mediático que solo busca la presencia en la prensa efímera del momento.
Mucho más sugestivas y reivindicativas son algunas otras acciones que han tenido lugar en el pasado. Cuando Vincenzo Perugia robó la Mona Lisa del Louvre, acusaron a Apollinaire y Picasso del robo por haberse mofado de las colecciones del museo parisino en un ejercicio de desacralización de estas mastodónticas instituciones muy propio de las vanguardias (recuérdese también L.H.O.O.Q., la parodia de La Gioconda que hizo Marcel Duchamp).
Ha habido intervenciones reivindicativas de mucho más fundamento como la performance de un grupo antibelicista que llenó de sangre el hall de la National Gallery. O, en la línea de las Guerrilla Girls, la performance que llevó a cabo la artista De Robertis, sentándose ante «El origen del mundo» de Courbet y mostrando su sexo. ¿Protestas formuladas y conceptuales que no afectan al patrimonio? Adelante. ¿Botes de pintura contra un cuadro para denunciar el cambio climático? Necesito que me lo expliquen.
La Nueva Museología
La Museología Crítica de los años 90 del siglo pasado introdujo a los museos en el debate y compromiso social. Y ahí deben estar. El Código Deontológico del ICOM, aprobado en 1986 y reelaborado a comienzos del nuevo milenio, coloca a la ética en el centro de las labores de las y los profesionales de los museos. En la última definición de «museo», que el ICOM aprobó en 2022, tras un largo debate, se incorporan términos que no dejan lugar a dudas: inclusión, sostenibilidad, diversidad, reflexión, ética.
Si el s. XVIII y XIX incorporaron al público como elemento a considerar, el s. XX, desde la Nueva Museología, posicionó a la comunidad —y a sus inquietudes y necesidades— como eje vertebrador de la actividad museística. El museo debe seguir siendo el garante de la conservación del patrimonio a la vez que espacio de reflexión, ámbito de debate en torno a la comunidad y lugar de compromiso social.
Y en ello están los museos, sin necesidad de martillazos o sopas. O, por lo menos, muchos de ellos. Termino con tres ejemplos. El Imperial War Museum de Manchester, obra del arquitecto Libeskind sobre un solar bombardeado en la II Guerra Mundial, introduce desasosegantes elementos museográficos (suelos inclinados, distintas temperaturas) que generan desconcierto en las y los visitantes, a fin de denunciar los estragos de la guerra y la violencia.
En relación con la sostenibilidad, la reciente reforma del Museo Arqueológico de Madrid colaboró con Acciona para prestar especial atención al gasto energético y al uso de materiales. Por último, en estos momentos, el Museo de África de Bruselas presenta una exposición temporal que cuestiona y critica la colonización africana y las terribles acciones del rey Leopoldo en el Congo. Cambio climático, sostenibilidad, violencia, tráfico ilícito de antigüedades, respeto a la diversidad cultural, igualdad e inclusión son cuestiones cada vez más presentes en todos los museos del mundo.
(Este texto fue respuesta de María José Noain Maura al examen de la UNED de la asignatura Museología y Museografía)







