244. Las estatuas crisoelefantinas
Las estatuas griegas crisoelefantinas

Estatua crisoelefantina del siglo XIX (Foto: Todocolección)
Cada vez que menciono la palabra «crisoelefantina» en alguna de mis clases, mis alumnas y alumnos me miran con estupor, preguntándose qué querrá decir. Nombre de reminiscencias griegas, proviene de las palabras ‘chrysos’ (χρυσός), oro, y ‘elephas’ (ἐλέφας), marfil. Algo crisoelefantino era, en la antigua Grecia, algo realizado en oro y marfil, estatuas inmortales que, de esta forma, recreaban el brillo y la sensación de inmortalidad del oro junto con el marfil que, más allá de un material exótico traído de África, era la materia prima que mejor imitaba la suavidad y el brillo de la piel humana.
Los griegos no fueron los únicos que combinaron estos dos exóticos materiales que volvieron a ponerse de moda en el siglo XIX, sobre todo, dentro de las creaciones del Art Nouveau. Pero desde luego sí que fueron los que innovaron la técnica y crearon resultados espectaculares que quedaron registrados en la memoria de los textos históricos.
Las primeras estatuas de Época Arcaica

Estatua crisoelefantina de Delfos (foto: autora)
Tras muchos años imaginando el aspecto que podía tener una estatua elaborada en oro y marfil, quedé gratamente sorprendida por los ejemplares de Época Arcaica que custodia el Museo de Delfos. Allí entendí que estas estatuas no eran bloques macizos sino que estaban constituidas por un alma o armazón de madera sobre la que se ajustaban finas láminas de márfil que cubrían las que serían las partes visibles del cuerpo. El resto de la composición -cabello, vestimentas, calzado, armas…- se recubría con pesadas láminas de oro cuyos detalles se repujaban.

Estatua crisoelefantina de Delfos (foto: autora)
Así lucían los fragmentos conservados de estas arcaicas estatuas: rostros, brazos y piernas de marfil, láminas de oro repujado para el pelo y los detalles de las vestiduras. Se encontraron en 1939, bajo la Vía Sacra, formando parte de un depósito que contenía restos de estas tres esculturas del siglo VI a.C. que habían sido cuidadosamente enterradas tras un incendio. Su estilo inconfundible nos muestra los característicos ojos almendrados y la sonrisa arcaica propia de la época, suavemten tallada en el marfil.
La cúspide del Clasicismo: el genio de Fidias
En el siglo V a.C., Atenas se convirtió en el epicentro del mundo griego, y el escultor Fidias contribuyó al engrandecimiento de la ciudad. Coordinó la decoración escultórcia de su más célebre templo, el Partenón. Y, además, de los bellísimos relieves que decoraban metopas, frisos y frontones, fue el responsable de la magnífica estatua de Atenea custodiada en el interior del edificio.
La Atenea crisoelefantina del Partenón

Reconstrucción de la Atenea Parthenos de Fidias
Fidias escogió la técnica crisoelefantina que, en esta ocasión, alcanzó dimensiones colosales: su Atenea Parthenos -o Atenea virgen- alcanzaba 12 metros de altura. Erigida en el año 438 a.C., se convirtió en una referencia famosa de la que, lamentablemente, nada ha perdurado hoy. Por las descripciones de la época, sabemos que Atenea aparecía como protectora victoriosa de la polis, sosteniendo en su mano derecha una Niké o Victoria de tamaño natural, y con un escudo a sus pies decorado con la Amazonomaquia, donde se dice que Fidias se autorretrató, lo que le costó una acusación de impiedad.

Atenea Varvakeion (foto: Wikimedia Commons)
La Atenea Varvakeion, una pequeña réplica en mármol, nos ayuda a imaginar el aspecto que pudo tener la obra de Fidias, con su magnífico casco decorado y la égida, la coraza protectora, en la que sobresalía una cabeza de Medusa, como elemento protector. Desapareció tras el saqueo del Partenón en época bizantina.
El Zeus de Olimpia
Tras los problemas a los que se enfrentó Fidias en Atenas, dejó la ciudad para instalarse en Olimpia, el famoso santuario conocido por la celebración de los Juegos Olímpicos. Allí destacaba el templo dedicado a Zeus, el padre de los dioses, protector del lugar.
Fidias replicó el mismo formato que había aplicado a la Atenea del Partenón: una estatua monumental realizada con oro y marfil, que representaba a Zeus y fue su segunda obra crisoelefantina. Tal fue su celebridad, que la estatua de Zeus fue considerada una de las Siete Maravillas de la Antigüedad.
El Zeus sedente era tan grande que, si el dios se hubiera puesto en pie, habría levantado el techo del templo. Para evitar que el marfil se agrietara debido a la humedad de Olimpia, los sacerdotes vertían aceite en un estanque a los pies de la estatua. El aceite no solo hidrataba el material, sino que servía como un espejo negro que reflejaba la luz hacia la estatua, haciendo que Zeus pareciera flotar en una penumbra dorada.
El Zeus de Olimpia fue trasladado a Constantinopla, donde un incendio acabó con él en el siglo V d.C. Hoy, solo nos quedan las descripciones literarias de viajeros como Pausanias, pequeñas réplicas de mármol de época romana y el eco de una belleza que, durante siglos, fue lo más cerca que los mortales estuvieron de ver el rostro de sus dioses.
El taller de Fidias
Gracias a las excavaciones alemanas iniciadas en los años 50, hoy sabemos exactamente dónde y cómo se gestó una de las Siete Maravillas del Mundo: el taller de Fidias. Totalmente remodelado por su transformación en basílica paleocristiana, sigue siendo un lugar emblemático de Olimpia por lo que supone haber localizado el lugar donde vivía y trabajaba el más célebre escultor de la Grecia clásica. La identificación del espacio con Fidias se produjo gracias al hallazgo de una pequeña jarra de cerámica, un oinochoe, en cuya base figuraba la siguiente inscripción: «Pheidio eimi» (Φειδίου εἰμί) — «Soy de Fidias»
En la investigación arqueológica, salieron a la luz restos del proceso de trabajo de la estatua crisoelefantina, aportando muchísima información sobre esta sofisticada técnica. Se hallaron cientos de moldes que se utilizaban para martillear las láminas de oro. Cada molde tenía un número o una letra grabada en el reverso, lo que indica que el manto de Zeus era un puzzle gigante de piezas de oro numeradas que se ensamblaban sobre la madera.
También se localizaron fragmentos de marfil desechados, pequeñas sierras, limas y cinceles de bronce y hierro. Uno de los descubrimientos más sorprendentes fueron unos moldes para flores de vidrio, lo que confirma que el manto de Zeus no era solo de oro, sino que estaba decorado con incrustaciones de vidrio azul y motivos florales.







